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¿Víctima o deidad?

20 diciembre 2008
Coyunturas
¿Víctima o deidad? Cuando el mito supera la realidad: Regina Teuscher y el 2 de octubre de 1968
Aline Alvarez

Pocos son los acontecimientos históricos que han marcado el rumbo de nuestra nación con tanta fuerza como lo hizo el movimiento estudiantil de 1968. Por primera vez los jóvenes – aquellos hijos del “milagro mexicano” – osaron cuestionar la capacidad del Estado, logrando demostrar la vulnerabilidad de un gobierno obsoleto, el cual tradujo sus temores de la manera más brutal e inesperada el 2 de octubre en Tlatelolco.

Vasta es la literatura acerca de este tema, conocida en el argot intelectual como “sesentayochera”.En este género podemos encontrar creaciones que van desde la crónica e investigación – valientes obras en las que escritores le dan voz a aquellos héroes anónimos víctimas de la intransigencia gubernamental – hasta cuento y novela, en donde los personajes y el momento histórico trascienden gracias a la imaginación del escritor, es decir, cuando el relato verídico se transforma en una narración ficticia.

Pero, ¿Qué sucede cuándo el personaje novelesco supera – y por mucho – la realidad, minimizando y desplazando al personaje verídico hasta convertir a éste en una deidad? Este fue el caso de Ana María Regina Teuscher Kruger, joven edecán olímpica asesinada el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas.

En 1987 el escritor Antonio Velasco Piña presenta el polémico libro Regina, 2 de octubre no se olvida, el cual alcanza un éxito inusitado gracias a la peculiar, e inverosímil, versión sobre los acontecimientos de 1968. En esta obra Velasco Piña – quien se autodefine dentro de la historia como el personaje El Testigo– señala que las manifestaciones estudiantiles formaban parte de un movimiento sagrado mediante el cual se lograría el despertar de México y el retorno de sus ciudadanos a las auténticas raíces mexicanas, es decir, le da al movimiento estudiantil una connotación mística-divina (muy distinta al verdadero sentido social y político de éste) entronizando cada una de las espontáneas protestas sociales de aquel entonces al relacionarlas con distintos rituales religiosos. De acuerdo al autor, para lograr este despertar, sería necesario que una mujer – con capacidades espirituales superiores – convenciera a los pobladores mexicanos de la necesidad de terminar con el sopor en el que la nación se encontraba desde la conquista, usando como plataforma el movimiento estudiantil.

Mas, el meollo de la controversia no es la increíble versión de los hechos presentadas anteriormente; son dos los temas que no dejan de intrigar e indignar a intelectuales, lectores experimentados en textos políticos, y claro está, a gente familiarizada con el 68. Primero Velasco Piña, o mejor dicho El Testigo, asegura que, para lograr la misión antes mencionada, esta líder ascética debía reunir un grupo de cuatrocientos auténticos mexicanos dispuestos a “ofrecerse” en sacrificio “voluntario” el 2 de octubre en Tlatelolco, completando de esta forma un ritual purificador que terminaría con el letargo mexicano (¡!) El segundo aspecto, y quizá el más discutido de la obra por el número de debates que ha generado, es la protagonista, esa cuasi-deidad encargada de cumplir con la misión sagrada: Regina Teucher Pérez.

Esta joven germano-mexicana de 20 años, nacida al píe del Iztaccíhuatl; educada en el Tíbet por un Lama y en China por un gran maestro; capaz de controlar, tan sólo con la mente, fenómenos naturales y mantener comunicación con los animales; quien dominara a la perfección idiomas como tibetano, chino, náhuatl y alemán; poseedora de una belleza sobrenatural y, por si fuera poco, edecán olímpica, era – de acuerdo a Velasco Pina – la propia reencarnación de Cuauhtémoc que retornaba para iniciar el despertar de la nación, además de ser la Suprema Sacerdotisa de México dispuesta a sacrificarse – cual Jesucristo redentor – por su pueblo.

Tras esta breve descripción del personaje muchos pensarían que se trata de un personaje fantástico, creación de un escritor con mucha imaginación; pero la realidad es que Regina Teuscher sí existió; pero su historia, nada tiene que ver con tareas sagradas y ritos prehispánicos.

Casi veinte años antes de la publicación de este libro, el 16 de octubre de 1968 para ser exactos, la Dirección Federal de Seguridad mexicana presentaba el reporte confidencial: Personas que resultaron muertas durante el problema estudiantil a partir del 26 de julio del año en curso, en el cual aparecía la siguiente descripción: “Ana María Regina Teuscher Kruger: 19 años, estudiante de 1er año de Medicina de la UNAM. Identificada por el Dr. Pablo Teuscher Cortes (su padre) y el Lic. Rubén Pérez Peña. Murió en los disturbios estudiantiles del 2 de octubre.” Esta descripción apareció de forma constante, ya que el nombre de esta joven se publicó en casi todos los diarios de mayor difusión los días consiguientes a la matanza.

Ese mismo mes, en la revista Siempre!, aparecía la cruenta imagen de una joven asesinada en la Plaza de las Tres Culturas. Esa fotografía pronto despertó un fuerte debate en la opinión pública, sobre todo después de que periodistas comenzaran a indagar acerca de la vida de esta joven, quien no sería otra más que Ana María Regina Teuscher Kruger.

Días antes de su muerte, Regina había sido elegida edecán para las próximas olimpiadas que se celebrarían en México, hecho que generó mayor impacto e indignación pública en torno a su historia y a los acontecimientos de Tlatelolco; Ana María fue de las pocas víctimas que corrieron con la “suerte” de ser identificadas. El cuerpo fue entregado de inmediato a la familia Teuscher Kruger gracias al apoyo de Rubén Pérez Peña, quien fuera secretario particular de Luis Echeverría en aquel entonces.

Las similitudes entre ambas “Reginas” son sorprendentes; sin embargo, Velasco Piña asegura que su personaje no está basado en Regina Teuscher Kruger, sino que – como contestó cuando fue enfrentado por María Luisa Teuscher, hermana de Regina – “Existen varias Reginas” y, por absurdo que parezca, el autor de esta polémica obra sostiene que Regina Teucher Pérez existió, que él tuvo la oportunidad de conocerla y – continuando con su bazofia espiritual – era la “Reina de México” capaz de avivar conciencias.
Tal ha sido la trascendencia de estas afirmaciones incluidas en el libro de Velasco Piña que la figura de Regina ha sido mitificada, idealizada y divinizada, al grado de ser convertida en símbolo de un nuevo culto conocido como “Los Reginistas”, quienes no ven a la joven muerta el 2 de octubre como una víctima más, sino como una deidad que fungió como medio conductor de preceptos sagrados. Relegando así la historia de Regina Teuscher Kruger – quien definitivamente no estaba predestinada a morir en Tlatelolco – y restándole importancia histórica al movimiento y a la masacre.

La realidad – que ha salido a la luz gracias a investigaciones de intelectuales como Elena Poniatowska – es que Regina Teuscher no fue educada en China ni en el Tíbet, sino en el Colegio Alemán y en la UNAM. No nació a los pies del Iztaccíhuatl, sino en el Hospital Francés el 3 de junio de 1968. No era conocida como la Reina de México, sino como Marietta entre familiares y amigos y, lo más importante, Regina Teuscher Kruger no se “ofreció” en sacrificio para calmar el absurdo deseo de sangre de antiguas divinidades aztecas – tan sólo basta observar la fotografía en la que se distingue su frágil rostro, destrozado por una bala expansiva, con un rictus de terror aún plasmado en su mirada – sino que fue una víctima más, como muchas otras caídas en la Plaza de las Tres Culturas, de un acto cruel y despiadado.

Ahora, simplemente cabe preguntarse ¿Es igual de delgada y difusa la línea entre ficción y realidad, como lo es la de lo racional y absurdo? Sin duda, peligroso es para la cordura cuando el mito supera la realidad, al grado de llevar éste a escena en una burda representación teatral, que pasó sin pena ni gloria (o mejor dicho, con más pena que gloria): Lucero es Regina, un musical para una nación que despierta.
¿Alguien lo recuerda?..

-publicado en la revista Este País, en el número 213, diciembre 2008

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