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La Muñeca Triste y otros muertos del 2 de octubre

21 diciembre 2008

Por Marina Álamo Bryan

El asombro ante el retrato de la muerte es posiblemente universal. La manera como se congela el fin de una vida tiende a reproducirse de manera casi alquímica en la plata de la fotografía; graba cada detalle, guarda cada arruga y mancha, a veces incluso guarda la verdad de los últimos instantes. Por eso es importante aprender a mirar a los muertos, reconocerles aunque sea con la mirada, evitar replegarnos, aunque nos duela y nos recuerde a la maldad humana, porque el rostro de los muertos siempre es el más sincero y nos enseña mucho más que el de los vivos las más de las veces. Los muertos poseen una calma imprevisible. En ocasiones su rostro refleja el terror de su asesinato, pero resulta más tenebroso cuando esto no es así. La contradicción embebida en su calma se vuelve paradoja atosigante. Eso pasa con la imagen que aquí presento, una que he dado en llamar la muñeca triste.

La imagen post-mortem de la primera víctima oficialmente reconocida después de la matanza del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. Su nombre, Ana María Regina Teuscher Kruger, fue el primero en publicarse en diarios y noticias, incluso reconociéndosele en la esquela conmemorativa que se encuentra hoy en Tlatelolco. Esta imagen fue vista públicamente por primera vez en el mismo año de 1968, en la revista Siempre! Sin embargo, durante los subsecuentes 40 años, la última imagen de esta dama cayó dentro del confuso torbellino de la secrecía. Su muerte misma causó cierto revuelo, se supo su nombre, se supo su injusticia; pero luego todos hicieron de cuenta como si no supieran. Hace seis años se volvió a publicar la imagen, en El Universal, acompañada de otras 11 más, del fotógrafo Manuel Rojas, quien tuvo la astucia de resguardarlas de las manos del poder. Las imágenes se presentaban como un triunfo, como un secreto que por primera vez veía la luz. La sociedad se escandalizó y se sorprendió de nuevo ante la crueldad del 68, omitiendo el hecho de que la imagen incluso apareció en la portada de la primera edición de un libro publicado en 1987. (Ante la inmundicia inherente a las falsedades incluidas en dicha publicación, ni siquiera me quiero dignar a mencionar su nombre, los que lo conocen lo conocerán). El punto es que la muñeca triste no es nueva, lleva gritando su propio nombre por 40 años, pero al parecer hemos elegido ignorarla en más de una ocasión.

La muñeca tuvo la suerte de recibir una causa de muerte de verdad: por arma de fuego, como bien lo evidencia la sangre que la entinta. Otros no tuvieron tal suerte, y para que la familia pudiera velar a su difunto tuvieron que acceder a tonterías de la calaña de: “causa de muerte: desconocida” ¿Qué otras causas de muerte se puede inventar un policía desvelado?, ¿por caída desde un edificio alto?, ¿por arma de fuego imaginario?, ¿por comunista?, ¿por activista?, ¿por joven?, “causa de muerte: querer un mundo mejor”. Causa de muerte: inconformidad.

Al menos a ella sí le tocó plancha del Servicio Médico Forense, otros de sus compañeros fueron menos suertudos. Igualmente mancillados con el filo de bayonetas y balas expansivas les fue a tocar el piso donde finalmente descansar. Aún así, dan ganas de taparla con una cobija, uno casi la imagina tiritando sobre esa losa tan fría, rodeada de esas paredes de mosaico que podrían ser el fondo de una alberca. Al menos su muerte tuvo nombre, a otros tantos no les tocó ni acta de defunción, ni nombre siquiera, nada más el volverse humo en el aire, musgo en la tierra, ladrillo en-pared, o boya en el agua tras caer del helicóptero. ¿Qué acaso nadie piensa que a los muertos también puede darles frío, y miedo, y que todavía se merecen un lugar donde estar cómodos? Sólo hay unos que no piensan en estas cosas: son los que quieren deshacerse de estos muertos incómodos lo más rápido posible, y ni les da la gana pensar en consideraciones post-mortem.

Al ver la carita de porcelana cuasi perfecta de la muñeca triste uno no puede dejar de pensar en la madre o la hermana que la acompañó al Palacio de Hierro, o a la calle de Uruguay para comprarse la blusa blanca que acompañara al trajecito a cuadros que luciría como edecán en las olimpiadas. Esa fue parte de su suerte de tener nombre a diferencia de otros: era edecán. Aún así, sigue uno pensando en el color del cepillo con el que se peinó esa mañana, en la que no sabía que iba a morir mientras se despedía bajo pretexto de ir al cine, uno se pregunta si usó tubos para enchinárselo o si era china natural. ¿De qué color habrán sido sus ojos, tan claros como dicen todos, tan “belleza” como la llamó un reportero que la miró casi en su último suspiro?

Si tan belleza embebida en el terror, si tan impactante, ¿cómo es que esta imagen pudo haber sido publicada en el mismo 68, pero aún así tantos eligen no mirarla? ¿Por qué no se ha grabado en nuestra memoria durante 40 años, 6 años? Como están ahora las cosas, esta niña podría ser una muerta más de cualquier guerra en el mundo. ¿Por qué no la reconocemos? Sería difícil afirmar que se trata de una imagen que no se queda en nuestra mente. ¿Cómo es que cada vez que se le mira sigue sorprendiendo, no importa cuántas veces se le haya visto antes? Esta linda muñeca, que algunos mal-recuerdan en las marchas aún en vida, que otros recuerdan en la ambulancia, esta niña muerta con violencia, ¿porqué la olvidamos una y otra vez? Seguramente es porque muchos quieren que así sea. Pero también es porque nosotros ayudamos, impasibles, a que así se haga.

Mientras tanto, la muñeca parece mirar a la nada, no porque ya no viva, sino porque busca una respuesta. Su rostro se llena inevitablemente de tristeza y de zozobra, quizá no por su muerte, sino por una desilusión gestada en la incomprensión de un régimen paranoico y suicida que eligió atacar a su propia prole. Susan Sontag bien declaró que toda fotografía es un memento mori, un recuerdo no sólo de la muerte, sino de nuestra propia mortandad. Las imágenes que retratan con crudeza la violencia que somos capaces de ejercer los seres humanos sirven no solo de evidencia, para proteger a ciertos actos atroces de caer en el olvido, también sirven para recordarnos que todos pudimos haber sido los muertos… pero también los ejecutores. Basta con pensar en los textos de Primo Levi para dejar claro que todo ser humano es capaz de crueldades desmedidas, pero qué sucede cuando la crueldad se centra no sólo en el disparo de un arma, o de un obturador incluso, sino en olvidar que ese obturador alguna vez existió? ¿Cuántas veces más dejaremos que otros nos asignen nuestros propios olvidos? La justicia empieza al ejercitar nuestra memoria histórica a nivel individual. ¿Cuántas veces más tendremos que re-recordar, que re cordis, que volver a pasar por el corazón a la muñeca triste, para ya no volver a olvidarla?

-Publicado en la revista EstePaís ¿octubre 2008?

Comentario  por Adriana Teuscher:

La Muñeca triste murio el 2 de Octubre, yo naci el 6. Mi mama y mi medio hermano la encontraron, ahi en esa cama de hielo. La enterraron antes de q yo naciera y nunca mas se hablo en voz alta de esa noche. Yo naci solo cuatro dias despues de la noche en que mi papa vio a su otra nena en una mesa de metal y tuvo q pelear por podersela llevar a ser velada y enterrada. Les prometo q no se olvido, el dolor de su muerte esta en los ojos de todos mis hermanos, los q la conocieron en vida y los q la conocimos en retratos familiares y no como Regina sino como Marietta. Mi padre nunca se olvido de lo sucedido y odio hasta el dia de su muerte al gobierno, a la politica, a su pais de nacimiento pero ante todo se odio a si mismo por no haber prevenido ese capricho cruel del destino. Como olvidar a quien se lleva a diario en el corazon, la conciencia, el alma. El silencio que nacio del miedo debe de aprender a hablar, a gritar y a ser oido. El Mexico de hoy debe saber lo que paso con todos esos titeres del destino q acompañaron a la muerte a la muñeca; sobre todo Mexico debe abrir sus entrañas llenas de secretos para perdonarse a si mismo y seguir adelante. . . mejorando cada dia. Ojala mi papá tambien lo haya logrado hacer antes de acompañar por fin a su muñeca al mas alla.  Gracias.

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