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Regina Teuscher, entre la mitificación y lo real

13 agosto 2009

por Alejandro Toledo

Ese día, una tarde de febrero de 1993, en la Casa de la Cultura Reyes Heroles de Coyoacán, los “reginistas” se llevaron dos grandes sustos.
Antonio Velasco Piña presentaba un libro más de la saga sobre Regina Teuscher, El retorno de lo sagrado , y había convocado a gran cantidad de seguidores, que llegaron al lugar en actitud y vestido definitivamente religiosos.

No esperaban que el rito consagratorio fuera doblemente agredido.

Primero, por la dura crítica de Elena Poniatowska, una de las presentadoras, que entre otras cosas no podía creer que el destino de Regina Teuscher fuera morir en la Plaza de las Tres Culturas porque esa idea le parecía demasiado cruel. “Un acto brutal como el de un asesinato no puede ser divinizado ni exigido por los dioses. […] ¿O creerá Antonio Velasco Piña que continúa vivo el rito de ofrecer en sacrificio a las doncellas en lo más alto de las pirámides y en lo más profundo de los cenotes sagrados? […] ¿Era necesaria también la muerte de esos que él llama los 400 mártires?”

Y “si Regina fue una víctima propiciatoria, Antonio Velasco Piña la entroniza, la beatifica, la santifica, la comercializa, la manda a la calle, la pone en circulación, y sin pedirle permiso la lanza a despertar conciencias y la vuelve una criatura de deleites mitológicos y mágicos”.

Entre otras opiniones

El segundo susto para los “reginistas” (ya alterados en su equilibrio místico por los juicios de Poniatowska) vino de una escéptica que estaba entre el público y que reiteradas veces, durante las intervenciones de Patricia Vega (a favor), Laura Esquivel (a favor) y la autora de La noche de Tlatelolco , pidió el uso de la palabra. Cuando se lo concedieron, dijo: “Soy la hermana mayor de Regina. De Ana María Regina Teuscher Krüger. Me llamo María Luisa Teuscher y he venido a preguntarle, señor Velasco, quién lo autorizó a utilizar a mi hermana para hacer tanto dinero, para escribir esa bola de mentiras, de sandeces, para engañar a la gente…”

“Hay muchas Reginas, repito. Usted habla de una de ellas” intentó responder Velasco Piña.

“Es todo lo que tengo que decir” cortó María Luisa Teuscher, y salió del salón, seguida por una corte de reporteros.

Los “reginistas”, agredidos por la realidad, acudieron al incienso y a las oraciones para ahuyentar a los chamucos.

Días después Elena Poniatowska y el reportero Luis Enrique Ramírez fueron invitados a la casa Teuscher, y pudieron acercarse al personaje a través de fotos y recuerdos familiares. Con esa información armaron la historia de la verdadera Regina, esa que nació el 3 de junio de 1949 en el Hospital Francés de la Ciudad de México, como la cuarta de cinco hijos del matrimonio conformado por el médico Pablo Teuscher Cortés y María Luisa Krüger Hernández, ambos mexicanos de padre germano.

Regina estudió hasta la preparatoria en el Colegio Alemán; luego ingresó a la Facultad de Medicina de la UNAM. En la casa y en la escuela la llamaban Marietta .

El 2 de octubre Regina pidió permiso para ir por la tarde con su amiga Guillermina Kolkmeyer al cine Metropolitan a ver Nacidos para perder , la película de moda. Hacía algunas semanas había sido aceptada como edecán de los Juegos Olímpicos, por lo que ese día llevaba su uniforme a rayas con los cinco círculos de colores en el pecho. La razón para mentir era que su padre era un crítico severo del movimiento estudiantil, y pedía a sus hijos que no intervinieran. “A todos esos revoltosos los debían encerrar”, habría dicho. Como a las 10 de la noche sonó el teléfono en la casa Teuscher. Era Guillermina:

“Estoy en la Cruz Roja herida de una pierna. Perdí a Marietta , búsquenla.”

Cuenta Poniatowska: “Toda la familia Teuscher salió, cada uno por su lado, en una infernal expedición por las cruces, los hospitales, puestos de socorro, anfiteatros, hasta culminar en la Tercera Delegación, la de Rayón, donde Pablo Teuscher Krüger, participante también del movimiento, identificó la frágil figura de su hermana entre centenares de cadáveres apilados. En su espalda, seis tiros de arma calibre 45.”

Fue velada Regina en la agencia funeraria de Gayosso de Félix Cuevas. El cuerpo pudo ser sacado de la morgue gracias a las gestiones del secretario particular de Luis Echeverría, Rubén Pérez Peña, amigo de los Teuscher. La sepultaron el 3 de octubre en el Panteón Español.

Escribe Luis Enrique Ramírez: “Regina no nació ni fue enterrada al pie del Iztaccíhuatl. Nunca estuvo en el Tíbet, no fue educada por los lamas, no tenía el poder de detener tormentas, inundaciones, incendios, terremotos; no hablaba náhuatl ni chino ni tibetano, tampoco entendía el lenguaje de los animales. No tenía idea acerca de religión oriental alguna. Era católica, era hija de familia, era estudiante. Participó en el movimiento estudiantil de 1968 como una más entre miles, y así murió, una entre la multitud masacrada el 2 de octubre en Tlatelolco. No fue mártir, fue víctima. No se ofreció en sacrificio, fue asesinada. Regina no quería morir, corrió para salvarse.”

Las disculpas

En los recuentos de la literatura escrita a partir del movimiento estudiantil de 1968 y su desenlace trágico, la novela Regina: dos de octubre no se olvida (1987) suele ser colocada junto a dos libros de postura oficialista: Juegos de invierno (1970), de Rafael Solana, y La plaza (1972), de Luis Spota. En ambos se disculpa a Gustavo Díaz Ordaz y al gobierno de la matanza, y se acude a las explicaciones que dieron los funcionarios en turno: que todo fue un plan urdido por “manos extrañas” (FBI o KGB) para crear confusión en el país y desacreditar a un gobierno que iba a contracorriente de las grandes potencias. Velasco Piña da al asunto del 2 de octubre un sentido ritual y encuentra a Regina, edecán mártir del 68, como “el ser de elevada espiritualidad que logró dar al movimiento esa fuerza irresistible y avasalladora que alcanzó en determinados momentos y que resulta del todo incomprensible para quienes no aceptan la intervención de tan singular personaje”. Intervención divina, cabría agregar.

Las críticas no han detenido las ventas de la novela (más de 320 mil ejemplares hasta 1998) ni han impedido que, en distintos momentos, se haya pensado llevarla a la pantalla (por Laura Esquivel y Alfonso Arau, proyecto que abortó) o convertirla, lo que sí se hizo, en turbia obra musical.

Diez años atrás María Luisa Teuscher mandaba a Velasco Piña los siguientes mensajes: “Fue obsceno presentar la imagen de mi hermana muerta en la portada; fue morboso, oportunista, ¡fue un crimen! Que deje a mi hermana descansar en paz es importante, pero también lo es que se sepa la verdad.”

La fantasía mística más rudimentaria lucha, así, por imponerse a la feroz realidad.

-El Universal, domingo 23 de marzo de 2003

Algunas notas mías: En este texto, hay dos imprecisiones de Elena Poniatowska: 1. Menciona que Regina tenía 21 años, cuando está confirmado que tenía 19 al momento de morir. 2. Menciona que fué al mitin del 2 de octubre con su “vestido de edecán de los Juegos Olímpicos”, cuando es obvio (por la foto  en la morgue del primer post) que traía un vestido a cuadros normal.
Y hay dos contradicciones más  no imputables a nadie en especial: 1. Aquí se menciona que su hermano la encuentra en la tercera delegación de policía, cuando otras versiones dicen que ella estuvo en la quinta. 2. Se menciona en unas fuentes que estaba estudiando el primer año de medicina en la UNAM, y otras fuentes, incluyendo sus ex compañeros en entrevista (ver segundo post), dicen que estaba en primer año en Filosofía y Letras…
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