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Ana María Regina Teuscher Kruger, en la morgue.

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Fotografía, la única hasta el momento conocida de ella, (bueno, hay varias más,  pero son prácticamente la misma, ya que sólo varía el encuadre, como se ve en la foto inferior), en la morgue de la 3a  Delegación de policía del Distrito Federal, en la noche-madrugada del 2 al 3 de octubre de 1968.

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Fotografías de Regina, desde bebé hasta los 17 años:

Fotografías publicadas en el periódico “La Jornada“, el día jueves 11 de febrero de 1993, en el artículo de Elena Poniatowska donde sostiene una plática con la hermana mayor,  María Luisa Teuscher.

Con su madre…


De 9 años…

Regina Marietta a la derecha…
A los 16 años, tres antes de su muerte…

El artículo completo de Elena Poniatowska, titulado “REGINA“:

Regina en la playa escuchando a un caracol, Regina entre las flores, Regina en fotos de ovalito, el pelo ondulado y el uniforme del Colegio Alemán; Regina vestida de baile, juncal su cinturita; Regina muerta de risa, su rostro fresco unos meses antes de ser asesinada.

“Para nosotros no es Regina, siempre la llamamos Marietta. Mire, aquí está su acta de nacimiento”. Su madre murió cuando Ana María Regina tenía ocho años y María Luisa, diez. La mayor se casó muy joven y Marietta se refugió en la menor, María Teresa, quien fue por lo tanto la más dañada por su muerte. Las dos niñas se protegían ante el padre de hierro, Pablo Teuscher Cortés, médico de profesión y educador intransigente, como buen alemán.

El 2 de octubre de 1968, Regina de 19 añitos pidió permiso para ir con su amiga Guillermina al cine Metropolitan a ver Nacidos para perder, la película de moda.  Se fue con su uniforme a rayas, los cinco círculos en el pecho. Hacía algunas semanas, Regina-Marietta  había sido aceptada como edecán de los juegos Olímpicos, adscrita a la delegación suiza. Era también estudiante de la Facultad de Medicina de la UNAM y, como la inmensa mayoría de los jóvenes, se contagió con el ardor del Movimiento Estudiantil. Nada dijo en su casa, su padre la habría encerrado. “No, Marietta, no te inmiscuyas, no me hagas que vuelva a castigarte”. El 7 de agosto, durante la cena de cumpleaños de María Luisa, el doctor Teuscher había dicho: “A todos esos revoltosos los deberían encerrar”. La doctora Riverol, amiga de la familia, le advirtió: “Ay Pablo, ¿cómo puedes hablar así? Tú tienes hijos universitarios”.  Él respondió: “Yo sé dónde andan mis hijos”.

Aquella tarde Regina no fue al cine sino a la Plaza de las Tres Culturas con Guillermina Kolkmeyer que fue quien, pasadas las 10 de la noche, avisó a la casa de Tacubaya: “Estoy en la Cruz Roja herida de una pierna. Perdí a Marietta. Búsquenla”. Eran amigas de infancia y compartían ideales y rebeldías, muy mal vistas por el doctor  Pablo Teuscher Cortés. Decían que iban a ser investigadoras, meseras, monjas. Regina, en ese momento,  tenía novio desde hace un año: Augusto Gargari, y como a ella le gustaban  las magnolias,  él se subía al árbol para bajárselas.

Toda la familia Teuscher salió, cada uno por su lado, en una infernal expedición por las Cruces, los hospitales, puestos de socorro, anfiteatros, hasta culminar en la Tercera Delegación, la de Rayón,  donde Pablo Teuscher Kruger, participante también del movimiento, indentificó la frágil figura de su hermana entre centenares de cadáveres apilados.  En su espalda, seis tiros de arma calibre 45. Regina debió echar a correr como lo  hicieron todos,   según mostró aquella noche el noticiario de Excélsior en el Canal 2 en una imagen fugaz que María Luisa y Elmar alcanzaron a ver sin imaginar jamás que entre esos miles de despavoridos se encontraba Marietta. Tampoco podían imaginar  que 20 años después Ana María Regina Teuscher  sería convertida en santa, en dakini, en un ser celestial, una iluminada, una elegida de acuerdo con las alucinaciones de un abogado empresarial metido a gurú: Antonio Velasco Piña.

María Luisa Teuscher quedó estupefacta cuando, a su llegada a la Casa de la Cultura Reyes Heroles, vio al público entrar en trance ante la sola mención del nombre de la hermana. Los brazos al cielo, los ojos en blanco, el nirvana en el círculo  celeste más a la mano, los fieles de Regina la invocaban como a la Reina de México. Temblaban, sudaban, ella los creyó bajo el efecto de algún psicotrópico.  Lejos de  amedentrarse, el coraje de María Luisa creció y estalló. Yo, en cambio,  me alegro de no haberlos  visto porque carezco de ese valor y a lo mejor no me hubiera atrevido a decir lo que dije. Malú, como la llaman sus amigos, heredó el temeperamento de su padre. También lo heredó Marietta, que a veces lo desobedecía sin temor al castigo.

Existen complejos fenómenos psicológicos que llevan a una persona a creer sus propias fantasías. Por alguna razón desconocida, Velasco Piña se obsesionó con la figura de la bella edecán ensangrentada cuya foto apareció, desplegada a dos planas enteras, en la revista Siempre! . Averiguó, buscó su nombre y apellido que los periódicos  citaron de forma incorrecta: Teucher. Quiso que aquella joven hubiera nacido con el inicio de la era de Acuario, el 21 de marzo de 1948, y que por tanto fuera depositaria de mágicos poderes. Le inventó un pasado en el Tíbet, un nacimiento similar al de Cristo pero en la confluencia del Popocatépetl y el Iztlacíhuatl y una condición mesiánica que la llevó a ofrendar su vida en la noche de Tlaltelolco.

Estamos a punto de que los mantra entren a la lista del Hit Parade, de que el incienso desplace a los aerosoles para perfumar el ambiente, de que los faquires den dietas  por televisión.  Para alquien que quiere vender,  nada mejor que inventarse  una figura sagrada: una pizca de hinduismo, otra de cultura nahuatl, y una más de astrología y el éxito está asegurado. Según los astrólogos,  antes y después del 2 de febrero el inconsciente se volvería consciente dada la cuadratura entre Neptuno y Urano. Tal vez Velasco Piña no checó bien sus datos  porque eligió mal día para presentar su Retorno de lo sagrado.

El Yoga es una práctica admirable que le ha hecho bien a un número infinito de personas. Indra Devi es todavía una fuerza lúcida y apapachadora que a todos abraza e infunde ánimo. Gurumayi tiene en México una gran cantidad de seguidores . Sai Baba también, y Gurugita. Personalmente siento respeto y admiración  por José Gordon a quien observé meditar en un auténtico estado de abstracción y a cuyo centro acudí para arrodillarme ante un barbudito  rodeado de flores blancas en medio del aroma embriagante. Tuve mucho afecto por el gran guía en México de la Gran Fraterndiad Universal, un anciano impoluto todo vestido de blanco, y por las hermanas Elsa y Alma Rosa Aguirre que hacen ejercicios de yoga mientras pasan la aspiradora. Como todos, creo en la suerte, en los amuletos, y jamás pasaría debajo de una escalera ni mataría una araña aunque en la casa tengo un gato negro. El peligro es clavarse.  Se pueden llegar a extremos  como el que vemos ahora:  transformar a una niña como Regina Teuscher en algo que no fue y que su familia tampoco quiere que sea: “El 68 dejó en toda nuestra familia una herida, el tiempo la cerró pero ahora han vuelto a abrirla y está llena de pus”, dice María Luisa y agacha la mirada. Para el doctor Teuscher, Marietta es un tema tabú desde el 2 de octubre en que derramó todas sus lágrimas por ella y dijo: “No la supe cuidar”. Esta es la respuesta a la pregunta  reiterada a María Luisa: “¿Porqué protestan hasta ahora?”. No han leído un solo libro sobre el 68; les resulta demasiado doloroso.

Casi 25 años después de aquella masacre, veo en el joven rostro de Luis Enrique (reportero) el horror ante lo que no le tocó vivir. Apunta tembloroso. Él, que de todo se ríe, muestra una expresión sombría. No prueba bocado mientras los Vomend Teuscher se afanan en torno nuestro. La hija Marion igual: a sus 21 años, lo sucedido le resulta incomprensible. Un cuarto de siglo no ha sido suficiente  para lavar la sangre. Todo sigue vivo. Luis Enrique pregunta incrédulo y en sus ojos atisbo la gran interrogante sin respuesta: ¿Por qué?

Texto: Elena Poniatowska.  Fotos: Carlos Cisneros. La Jornada, sección Cultura,  jueves 11 de  febrero de 1993.

 

Regina Teuscher, entre la mitificación y lo real

por Alejandro Toledo

Ese día, una tarde de febrero de 1993, en la Casa de la Cultura Reyes Heroles de Coyoacán, los “reginistas” se llevaron dos grandes sustos.
Antonio Velasco Piña presentaba un libro más de la saga sobre Regina Teuscher, El retorno de lo sagrado , y había convocado a gran cantidad de seguidores, que llegaron al lugar en actitud y vestido definitivamente religiosos.

No esperaban que el rito consagratorio fuera doblemente agredido.

Primero, por la dura crítica de Elena Poniatowska, una de las presentadoras, que entre otras cosas no podía creer que el destino de Regina Teuscher fuera morir en la Plaza de las Tres Culturas porque esa idea le parecía demasiado cruel. “Un acto brutal como el de un asesinato no puede ser divinizado ni exigido por los dioses. […] ¿O creerá Antonio Velasco Piña que continúa vivo el rito de ofrecer en sacrificio a las doncellas en lo más alto de las pirámides y en lo más profundo de los cenotes sagrados? […] ¿Era necesaria también la muerte de esos que él llama los 400 mártires?”

Y “si Regina fue una víctima propiciatoria, Antonio Velasco Piña la entroniza, la beatifica, la santifica, la comercializa, la manda a la calle, la pone en circulación, y sin pedirle permiso la lanza a despertar conciencias y la vuelve una criatura de deleites mitológicos y mágicos”.

Entre otras opiniones

El segundo susto para los “reginistas” (ya alterados en su equilibrio místico por los juicios de Poniatowska) vino de una escéptica que estaba entre el público y que reiteradas veces, durante las intervenciones de Patricia Vega (a favor), Laura Esquivel (a favor) y la autora de La noche de Tlatelolco , pidió el uso de la palabra. Cuando se lo concedieron, dijo: “Soy la hermana mayor de Regina. De Ana María Regina Teuscher Krüger. Me llamo María Luisa Teuscher y he venido a preguntarle, señor Velasco, quién lo autorizó a utilizar a mi hermana para hacer tanto dinero, para escribir esa bola de mentiras, de sandeces, para engañar a la gente…”

“Hay muchas Reginas, repito. Usted habla de una de ellas” intentó responder Velasco Piña.

“Es todo lo que tengo que decir” cortó María Luisa Teuscher, y salió del salón, seguida por una corte de reporteros.

Los “reginistas”, agredidos por la realidad, acudieron al incienso y a las oraciones para ahuyentar a los chamucos.

Días después Elena Poniatowska y el reportero Luis Enrique Ramírez fueron invitados a la casa Teuscher, y pudieron acercarse al personaje a través de fotos y recuerdos familiares. Con esa información armaron la historia de la verdadera Regina, esa que nació el 3 de junio de 1949 en el Hospital Francés de la Ciudad de México, como la cuarta de cinco hijos del matrimonio conformado por el médico Pablo Teuscher Cortés y María Luisa Krüger Hernández, ambos mexicanos de padre germano.

Regina estudió hasta la preparatoria en el Colegio Alemán; luego ingresó a la Facultad de Medicina de la UNAM. En la casa y en la escuela la llamaban Marietta .

El 2 de octubre Regina pidió permiso para ir por la tarde con su amiga Guillermina Kolkmeyer al cine Metropolitan a ver Nacidos para perder , la película de moda. Hacía algunas semanas había sido aceptada como edecán de los Juegos Olímpicos, por lo que ese día llevaba su uniforme a rayas con los cinco círculos de colores en el pecho. La razón para mentir era que su padre era un crítico severo del movimiento estudiantil, y pedía a sus hijos que no intervinieran. “A todos esos revoltosos los debían encerrar”, habría dicho. Como a las 10 de la noche sonó el teléfono en la casa Teuscher. Era Guillermina:

“Estoy en la Cruz Roja herida de una pierna. Perdí a Marietta , búsquenla.”

Cuenta Poniatowska: “Toda la familia Teuscher salió, cada uno por su lado, en una infernal expedición por las cruces, los hospitales, puestos de socorro, anfiteatros, hasta culminar en la Tercera Delegación, la de Rayón, donde Pablo Teuscher Krüger, participante también del movimiento, identificó la frágil figura de su hermana entre centenares de cadáveres apilados. En su espalda, seis tiros de arma calibre 45.”

Fue velada Regina en la agencia funeraria de Gayosso de Félix Cuevas. El cuerpo pudo ser sacado de la morgue gracias a las gestiones del secretario particular de Luis Echeverría, Rubén Pérez Peña, amigo de los Teuscher. La sepultaron el 3 de octubre en el Panteón Español.

Escribe Luis Enrique Ramírez: “Regina no nació ni fue enterrada al pie del Iztaccíhuatl. Nunca estuvo en el Tíbet, no fue educada por los lamas, no tenía el poder de detener tormentas, inundaciones, incendios, terremotos; no hablaba náhuatl ni chino ni tibetano, tampoco entendía el lenguaje de los animales. No tenía idea acerca de religión oriental alguna. Era católica, era hija de familia, era estudiante. Participó en el movimiento estudiantil de 1968 como una más entre miles, y así murió, una entre la multitud masacrada el 2 de octubre en Tlatelolco. No fue mártir, fue víctima. No se ofreció en sacrificio, fue asesinada. Regina no quería morir, corrió para salvarse.”

Las disculpas

En los recuentos de la literatura escrita a partir del movimiento estudiantil de 1968 y su desenlace trágico, la novela Regina: dos de octubre no se olvida (1987) suele ser colocada junto a dos libros de postura oficialista: Juegos de invierno (1970), de Rafael Solana, y La plaza (1972), de Luis Spota. En ambos se disculpa a Gustavo Díaz Ordaz y al gobierno de la matanza, y se acude a las explicaciones que dieron los funcionarios en turno: que todo fue un plan urdido por “manos extrañas” (FBI o KGB) para crear confusión en el país y desacreditar a un gobierno que iba a contracorriente de las grandes potencias. Velasco Piña da al asunto del 2 de octubre un sentido ritual y encuentra a Regina, edecán mártir del 68, como “el ser de elevada espiritualidad que logró dar al movimiento esa fuerza irresistible y avasalladora que alcanzó en determinados momentos y que resulta del todo incomprensible para quienes no aceptan la intervención de tan singular personaje”. Intervención divina, cabría agregar.

Las críticas no han detenido las ventas de la novela (más de 320 mil ejemplares hasta 1998) ni han impedido que, en distintos momentos, se haya pensado llevarla a la pantalla (por Laura Esquivel y Alfonso Arau, proyecto que abortó) o convertirla, lo que sí se hizo, en turbia obra musical.

Diez años atrás María Luisa Teuscher mandaba a Velasco Piña los siguientes mensajes: “Fue obsceno presentar la imagen de mi hermana muerta en la portada; fue morboso, oportunista, ¡fue un crimen! Que deje a mi hermana descansar en paz es importante, pero también lo es que se sepa la verdad.”

La fantasía mística más rudimentaria lucha, así, por imponerse a la feroz realidad.

-El Universal, domingo 23 de marzo de 2003

Algunas notas mías: En este texto, hay dos imprecisiones de Elena Poniatowska: 1. Menciona que Regina tenía 21 años, cuando está confirmado que tenía 19 al momento de morir. 2. Menciona que fué al mitin del 2 de octubre con su “vestido de edecán de los Juegos Olímpicos”, cuando es obvio (por la foto  en la morgue del primer post) que traía un vestido a cuadros normal.
Y hay dos contradicciones más  no imputables a nadie en especial: 1. Aquí se menciona que su hermano la encuentra en la tercera delegación de policía, cuando otras versiones dicen que ella estuvo en la quinta. 2. Se menciona en unas fuentes que estaba estudiando el primer año de medicina en la UNAM, y otras fuentes, incluyendo sus ex compañeros en entrevista (ver segundo post), dicen que estaba en primer año en Filosofía y Letras…

La Muñeca Triste y otros muertos del 2 de octubre

Por Marina Álamo Bryan

El asombro ante el retrato de la muerte es posiblemente universal. La manera como se congela el fin de una vida tiende a reproducirse de manera casi alquímica en la plata de la fotografía; graba cada detalle, guarda cada arruga y mancha, a veces incluso guarda la verdad de los últimos instantes. Por eso es importante aprender a mirar a los muertos, reconocerles aunque sea con la mirada, evitar replegarnos, aunque nos duela y nos recuerde a la maldad humana, porque el rostro de los muertos siempre es el más sincero y nos enseña mucho más que el de los vivos las más de las veces. Los muertos poseen una calma imprevisible. En ocasiones su rostro refleja el terror de su asesinato, pero resulta más tenebroso cuando esto no es así. La contradicción embebida en su calma se vuelve paradoja atosigante. Eso pasa con la imagen que aquí presento, una que he dado en llamar la muñeca triste.

La imagen post-mortem de la primera víctima oficialmente reconocida después de la matanza del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. Su nombre, Ana María Regina Teuscher Kruger, fue el primero en publicarse en diarios y noticias, incluso reconociéndosele en la esquela conmemorativa que se encuentra hoy en Tlatelolco. Esta imagen fue vista públicamente por primera vez en el mismo año de 1968, en la revista Siempre! Sin embargo, durante los subsecuentes 40 años, la última imagen de esta dama cayó dentro del confuso torbellino de la secrecía. Su muerte misma causó cierto revuelo, se supo su nombre, se supo su injusticia; pero luego todos hicieron de cuenta como si no supieran. Hace seis años se volvió a publicar la imagen, en El Universal, acompañada de otras 11 más, del fotógrafo Manuel Rojas, quien tuvo la astucia de resguardarlas de las manos del poder. Las imágenes se presentaban como un triunfo, como un secreto que por primera vez veía la luz. La sociedad se escandalizó y se sorprendió de nuevo ante la crueldad del 68, omitiendo el hecho de que la imagen incluso apareció en la portada de la primera edición de un libro publicado en 1987. (Ante la inmundicia inherente a las falsedades incluidas en dicha publicación, ni siquiera me quiero dignar a mencionar su nombre, los que lo conocen lo conocerán). El punto es que la muñeca triste no es nueva, lleva gritando su propio nombre por 40 años, pero al parecer hemos elegido ignorarla en más de una ocasión.

La muñeca tuvo la suerte de recibir una causa de muerte de verdad: por arma de fuego, como bien lo evidencia la sangre que la entinta. Otros no tuvieron tal suerte, y para que la familia pudiera velar a su difunto tuvieron que acceder a tonterías de la calaña de: “causa de muerte: desconocida” ¿Qué otras causas de muerte se puede inventar un policía desvelado?, ¿por caída desde un edificio alto?, ¿por arma de fuego imaginario?, ¿por comunista?, ¿por activista?, ¿por joven?, “causa de muerte: querer un mundo mejor”. Causa de muerte: inconformidad.

Al menos a ella sí le tocó plancha del Servicio Médico Forense, otros de sus compañeros fueron menos suertudos. Igualmente mancillados con el filo de bayonetas y balas expansivas les fue a tocar el piso donde finalmente descansar. Aún así, dan ganas de taparla con una cobija, uno casi la imagina tiritando sobre esa losa tan fría, rodeada de esas paredes de mosaico que podrían ser el fondo de una alberca. Al menos su muerte tuvo nombre, a otros tantos no les tocó ni acta de defunción, ni nombre siquiera, nada más el volverse humo en el aire, musgo en la tierra, ladrillo en-pared, o boya en el agua tras caer del helicóptero. ¿Qué acaso nadie piensa que a los muertos también puede darles frío, y miedo, y que todavía se merecen un lugar donde estar cómodos? Sólo hay unos que no piensan en estas cosas: son los que quieren deshacerse de estos muertos incómodos lo más rápido posible, y ni les da la gana pensar en consideraciones post-mortem.

Al ver la carita de porcelana cuasi perfecta de la muñeca triste uno no puede dejar de pensar en la madre o la hermana que la acompañó al Palacio de Hierro, o a la calle de Uruguay para comprarse la blusa blanca que acompañara al trajecito a cuadros que luciría como edecán en las olimpiadas. Esa fue parte de su suerte de tener nombre a diferencia de otros: era edecán. Aún así, sigue uno pensando en el color del cepillo con el que se peinó esa mañana, en la que no sabía que iba a morir mientras se despedía bajo pretexto de ir al cine, uno se pregunta si usó tubos para enchinárselo o si era china natural. ¿De qué color habrán sido sus ojos, tan claros como dicen todos, tan “belleza” como la llamó un reportero que la miró casi en su último suspiro?

Si tan belleza embebida en el terror, si tan impactante, ¿cómo es que esta imagen pudo haber sido publicada en el mismo 68, pero aún así tantos eligen no mirarla? ¿Por qué no se ha grabado en nuestra memoria durante 40 años, 6 años? Como están ahora las cosas, esta niña podría ser una muerta más de cualquier guerra en el mundo. ¿Por qué no la reconocemos? Sería difícil afirmar que se trata de una imagen que no se queda en nuestra mente. ¿Cómo es que cada vez que se le mira sigue sorprendiendo, no importa cuántas veces se le haya visto antes? Esta linda muñeca, que algunos mal-recuerdan en las marchas aún en vida, que otros recuerdan en la ambulancia, esta niña muerta con violencia, ¿porqué la olvidamos una y otra vez? Seguramente es porque muchos quieren que así sea. Pero también es porque nosotros ayudamos, impasibles, a que así se haga.

Mientras tanto, la muñeca parece mirar a la nada, no porque ya no viva, sino porque busca una respuesta. Su rostro se llena inevitablemente de tristeza y de zozobra, quizá no por su muerte, sino por una desilusión gestada en la incomprensión de un régimen paranoico y suicida que eligió atacar a su propia prole. Susan Sontag bien declaró que toda fotografía es un memento mori, un recuerdo no sólo de la muerte, sino de nuestra propia mortandad. Las imágenes que retratan con crudeza la violencia que somos capaces de ejercer los seres humanos sirven no solo de evidencia, para proteger a ciertos actos atroces de caer en el olvido, también sirven para recordarnos que todos pudimos haber sido los muertos… pero también los ejecutores. Basta con pensar en los textos de Primo Levi para dejar claro que todo ser humano es capaz de crueldades desmedidas, pero qué sucede cuando la crueldad se centra no sólo en el disparo de un arma, o de un obturador incluso, sino en olvidar que ese obturador alguna vez existió? ¿Cuántas veces más dejaremos que otros nos asignen nuestros propios olvidos? La justicia empieza al ejercitar nuestra memoria histórica a nivel individual. ¿Cuántas veces más tendremos que re-recordar, que re cordis, que volver a pasar por el corazón a la muñeca triste, para ya no volver a olvidarla?

-Publicado en la revista EstePaís ¿octubre 2008?

Comentario  por Adriana Teuscher:

La Muñeca triste murio el 2 de Octubre, yo naci el 6. Mi mama y mi medio hermano la encontraron, ahi en esa cama de hielo. La enterraron antes de q yo naciera y nunca mas se hablo en voz alta de esa noche. Yo naci solo cuatro dias despues de la noche en que mi papa vio a su otra nena en una mesa de metal y tuvo q pelear por podersela llevar a ser velada y enterrada. Les prometo q no se olvido, el dolor de su muerte esta en los ojos de todos mis hermanos, los q la conocieron en vida y los q la conocimos en retratos familiares y no como Regina sino como Marietta. Mi padre nunca se olvido de lo sucedido y odio hasta el dia de su muerte al gobierno, a la politica, a su pais de nacimiento pero ante todo se odio a si mismo por no haber prevenido ese capricho cruel del destino. Como olvidar a quien se lleva a diario en el corazon, la conciencia, el alma. El silencio que nacio del miedo debe de aprender a hablar, a gritar y a ser oido. El Mexico de hoy debe saber lo que paso con todos esos titeres del destino q acompañaron a la muerte a la muñeca; sobre todo Mexico debe abrir sus entrañas llenas de secretos para perdonarse a si mismo y seguir adelante. . . mejorando cada dia. Ojala mi papá tambien lo haya logrado hacer antes de acompañar por fin a su muñeca al mas alla.  Gracias.

¿Víctima o deidad?

Coyunturas
¿Víctima o deidad? Cuando el mito supera la realidad: Regina Teuscher y el 2 de octubre de 1968
Aline Alvarez

Pocos son los acontecimientos históricos que han marcado el rumbo de nuestra nación con tanta fuerza como lo hizo el movimiento estudiantil de 1968. Por primera vez los jóvenes – aquellos hijos del “milagro mexicano” – osaron cuestionar la capacidad del Estado, logrando demostrar la vulnerabilidad de un gobierno obsoleto, el cual tradujo sus temores de la manera más brutal e inesperada el 2 de octubre en Tlatelolco.

Vasta es la literatura acerca de este tema, conocida en el argot intelectual como “sesentayochera”.En este género podemos encontrar creaciones que van desde la crónica e investigación – valientes obras en las que escritores le dan voz a aquellos héroes anónimos víctimas de la intransigencia gubernamental – hasta cuento y novela, en donde los personajes y el momento histórico trascienden gracias a la imaginación del escritor, es decir, cuando el relato verídico se transforma en una narración ficticia.

Pero, ¿Qué sucede cuándo el personaje novelesco supera – y por mucho – la realidad, minimizando y desplazando al personaje verídico hasta convertir a éste en una deidad? Este fue el caso de Ana María Regina Teuscher Kruger, joven edecán olímpica asesinada el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas.

En 1987 el escritor Antonio Velasco Piña presenta el polémico libro Regina, 2 de octubre no se olvida, el cual alcanza un éxito inusitado gracias a la peculiar, e inverosímil, versión sobre los acontecimientos de 1968. En esta obra Velasco Piña – quien se autodefine dentro de la historia como el personaje El Testigo– señala que las manifestaciones estudiantiles formaban parte de un movimiento sagrado mediante el cual se lograría el despertar de México y el retorno de sus ciudadanos a las auténticas raíces mexicanas, es decir, le da al movimiento estudiantil una connotación mística-divina (muy distinta al verdadero sentido social y político de éste) entronizando cada una de las espontáneas protestas sociales de aquel entonces al relacionarlas con distintos rituales religiosos. De acuerdo al autor, para lograr este despertar, sería necesario que una mujer – con capacidades espirituales superiores – convenciera a los pobladores mexicanos de la necesidad de terminar con el sopor en el que la nación se encontraba desde la conquista, usando como plataforma el movimiento estudiantil.

Mas, el meollo de la controversia no es la increíble versión de los hechos presentadas anteriormente; son dos los temas que no dejan de intrigar e indignar a intelectuales, lectores experimentados en textos políticos, y claro está, a gente familiarizada con el 68. Primero Velasco Piña, o mejor dicho El Testigo, asegura que, para lograr la misión antes mencionada, esta líder ascética debía reunir un grupo de cuatrocientos auténticos mexicanos dispuestos a “ofrecerse” en sacrificio “voluntario” el 2 de octubre en Tlatelolco, completando de esta forma un ritual purificador que terminaría con el letargo mexicano (¡!) El segundo aspecto, y quizá el más discutido de la obra por el número de debates que ha generado, es la protagonista, esa cuasi-deidad encargada de cumplir con la misión sagrada: Regina Teucher Pérez.

Esta joven germano-mexicana de 20 años, nacida al píe del Iztaccíhuatl; educada en el Tíbet por un Lama y en China por un gran maestro; capaz de controlar, tan sólo con la mente, fenómenos naturales y mantener comunicación con los animales; quien dominara a la perfección idiomas como tibetano, chino, náhuatl y alemán; poseedora de una belleza sobrenatural y, por si fuera poco, edecán olímpica, era – de acuerdo a Velasco Pina – la propia reencarnación de Cuauhtémoc que retornaba para iniciar el despertar de la nación, además de ser la Suprema Sacerdotisa de México dispuesta a sacrificarse – cual Jesucristo redentor – por su pueblo.

Tras esta breve descripción del personaje muchos pensarían que se trata de un personaje fantástico, creación de un escritor con mucha imaginación; pero la realidad es que Regina Teuscher sí existió; pero su historia, nada tiene que ver con tareas sagradas y ritos prehispánicos.

Casi veinte años antes de la publicación de este libro, el 16 de octubre de 1968 para ser exactos, la Dirección Federal de Seguridad mexicana presentaba el reporte confidencial: Personas que resultaron muertas durante el problema estudiantil a partir del 26 de julio del año en curso, en el cual aparecía la siguiente descripción: “Ana María Regina Teuscher Kruger: 19 años, estudiante de 1er año de Medicina de la UNAM. Identificada por el Dr. Pablo Teuscher Cortes (su padre) y el Lic. Rubén Pérez Peña. Murió en los disturbios estudiantiles del 2 de octubre.” Esta descripción apareció de forma constante, ya que el nombre de esta joven se publicó en casi todos los diarios de mayor difusión los días consiguientes a la matanza.

Ese mismo mes, en la revista Siempre!, aparecía la cruenta imagen de una joven asesinada en la Plaza de las Tres Culturas. Esa fotografía pronto despertó un fuerte debate en la opinión pública, sobre todo después de que periodistas comenzaran a indagar acerca de la vida de esta joven, quien no sería otra más que Ana María Regina Teuscher Kruger.

Días antes de su muerte, Regina había sido elegida edecán para las próximas olimpiadas que se celebrarían en México, hecho que generó mayor impacto e indignación pública en torno a su historia y a los acontecimientos de Tlatelolco; Ana María fue de las pocas víctimas que corrieron con la “suerte” de ser identificadas. El cuerpo fue entregado de inmediato a la familia Teuscher Kruger gracias al apoyo de Rubén Pérez Peña, quien fuera secretario particular de Luis Echeverría en aquel entonces.

Las similitudes entre ambas “Reginas” son sorprendentes; sin embargo, Velasco Piña asegura que su personaje no está basado en Regina Teuscher Kruger, sino que – como contestó cuando fue enfrentado por María Luisa Teuscher, hermana de Regina – “Existen varias Reginas” y, por absurdo que parezca, el autor de esta polémica obra sostiene que Regina Teucher Pérez existió, que él tuvo la oportunidad de conocerla y – continuando con su bazofia espiritual – era la “Reina de México” capaz de avivar conciencias.
Tal ha sido la trascendencia de estas afirmaciones incluidas en el libro de Velasco Piña que la figura de Regina ha sido mitificada, idealizada y divinizada, al grado de ser convertida en símbolo de un nuevo culto conocido como “Los Reginistas”, quienes no ven a la joven muerta el 2 de octubre como una víctima más, sino como una deidad que fungió como medio conductor de preceptos sagrados. Relegando así la historia de Regina Teuscher Kruger – quien definitivamente no estaba predestinada a morir en Tlatelolco – y restándole importancia histórica al movimiento y a la masacre.

La realidad – que ha salido a la luz gracias a investigaciones de intelectuales como Elena Poniatowska – es que Regina Teuscher no fue educada en China ni en el Tíbet, sino en el Colegio Alemán y en la UNAM. No nació a los pies del Iztaccíhuatl, sino en el Hospital Francés el 3 de junio de 1968. No era conocida como la Reina de México, sino como Marietta entre familiares y amigos y, lo más importante, Regina Teuscher Kruger no se “ofreció” en sacrificio para calmar el absurdo deseo de sangre de antiguas divinidades aztecas – tan sólo basta observar la fotografía en la que se distingue su frágil rostro, destrozado por una bala expansiva, con un rictus de terror aún plasmado en su mirada – sino que fue una víctima más, como muchas otras caídas en la Plaza de las Tres Culturas, de un acto cruel y despiadado.

Ahora, simplemente cabe preguntarse ¿Es igual de delgada y difusa la línea entre ficción y realidad, como lo es la de lo racional y absurdo? Sin duda, peligroso es para la cordura cuando el mito supera la realidad, al grado de llevar éste a escena en una burda representación teatral, que pasó sin pena ni gloria (o mejor dicho, con más pena que gloria): Lucero es Regina, un musical para una nación que despierta.
¿Alguien lo recuerda?..

-publicado en la revista Este País, en el número 213, diciembre 2008

Ex-compañeros de Facultad la reconocen

Emilio Reza y Leopoldo Ayala reconocieron en fotos publicadas por EL UNIVERSAL a Ana María Teuscher Kruger, estudiante de Filosofía y Letras de la UNAM


Liliana Alcántara

Emilio Reza y Leopoldo Ayala observan con resignación la fotografía: “¡Sí es ella… es ella! Ve nada más la crudeza y la saña con que le dispararon y la golpearon con bayoneta. No es posible”.
La mujer con traje a cuadros que yace ensangrentada sobre una plancha y cuya imagen publicó el pasado lunes este diario es Ana María Teuscher Kruger, una estudiante que recién había ingresado a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y que aquel 2 de octubre fue testigo y víctima de la matanza en Tlatelolco.
La joven de 19 años no sólo es recordada ahora por la fotografía inédita sino porque su nombre permanece inscrito en la estela que en conmemoración de esa fecha se edificó en la Plaza de las Tres Culturas.
Emilio Reza, quien recuerda a Ana María como una fiel participante en todas las marchas y mítines que organizó el Consejo Nacional de Huelga, rememora ahora la historia que envolvió a la familia Teuscher después de ese 2 de octubre.
“El padre de Ana María tuvo que abandonar el país hace como ocho años porque anduvo de un lado a otro exigiendo justicia por el asesinato de su hija, pero eran frecuentes las llamadas telefónicas donde lo amenazaban de muerte. Fueron muchas las presiones y salió del país, creo que se fue hacia Estados Unidos”.
Asegura que en los días, semanas, meses y años que sucedieron a la matanza de Tlatelolco era común escuchar las denuncias de los familiares de las víctimas: “Además de nuestra pena, todavía nos amenazan de muerte”.
Muchos, dice, cesaron en la búsqueda de justicia, otros, organizados o no continúan en ella.
Asegura que la presencia de Ana María en los actos de protesta era muy notable. “Siempre andaba muy bien vestida, hablaba dos idiomas, era muy preparada y eso la distinguía mucho de las demás mujeres.
“Ella también fue edecán del Comité Olímpico Mexicano y pues siempre su presencia era muy pulcra. Mientras todos los demás andábamos en fachas y todos sudorosos porque también teníamos que trabajar, ella, por el contrario, siempre vistió bien, además de que el color de sus ojos tan claros llamaban mucho la atención.”

Leopoldo Ayala no recuerda la última ocasión en la que pudo hablar con Ana María pero asegura que siempre la admiró. “No sólo porque estaba muy comprometida con esa lucha sino porque además, era mujer y eso, en esa época era de admirarse”.

-Publicado por El Universal el miércoles 13 de febrero de 2002